Siglo XX
Hacia fines del siglo XIX con la llegada de Porfirio Díaz al poder se observó un paulatino saneamiento de la hacienda pública, el fortalecimiento del Estado, el crecimiento económico y la conquista de un lugar “respetable” entre las naciones, al poder honrar sus compromisos internacionales. Sin embargo, estos logros que eran el resultado de una política basada en el ideario de “orden y progreso” y “mucha administración y poca política”, no se hicieron acompañar de preocupaciones relacionadas con la democracia o la justicia social, pues las metas del nuevo régimen se circunscribían al ámbito de la estabilidad política y del rápido crecimiento económico.

Desde luego que a partir de 1876 a 1910 hubo progreso económico en México y modernización, pero también estancamiento con la crisis internacional de 1907. El bienestar generado en esos años alcanzó a la oligarquía pero empobreció a la mayoría de la población, de ahí que el crecimiento demográfico, la dificultad de encontrar trabajo, la disminución del salario real, la concentración del ingreso, el crecimiento del proletariado, la pobreza en aumento del campesinado, la represión política, entre otros hechos, caracterizaron el preludio a la revolución que se desencadeno en 1910.
En el plano internacional aunque fue surgiendo una relación más estable con los Estados Unidos y que incluso llegó a tener aspectos de cordialidad, entendimiento y cooperación, no necesariamente implicó que dejaran de estar presentes las fricciones derivadas del insidioso problema de las cuestiones fronterizas y de algunos asuntos económicos como fue el sector del petróleo entre otros. La tendencia expansionista de Estados Unidos había cambiado de giro hacia los finales del siglo XIX y dejaría de ver a México exclusivamente como un posible proveedor de nuevos territorios, para considerársele como un potencial mercado para la explotación de materias primas y receptor de capital. La visión del Destino Manifiesto se había transformado, iniciándose la “penetración pacífica”. Sin embargo, las fricciones desembocaron durante el gobierno de Victoriano Huerta en una segunda intervención el 21 de abril de 1914 en el puerto de Veracruz. Y si bien en esta ocasión no se perseguía la anexión de nuevos territorios, el objetivo era influir en el curso de la revolución mexicana y definir la situación de las empresas norteamericanas en México en un plano de privilegios y concesiones mayores a las que recibían los europeos.

En este contexto, de la revolución mexicana y de la intervención norteamericana, los marinos participaron activamente en el año de 1914. En el primer caso, la tripulación del cañonero Tampico con su comandante el Teniente Hilario Rodríguez Malpica, apoyaría a la facción constitucionalista, con el Primer Jefe de la revolución Venustiano Carranza, ya que era el grupo que más visos de legalidad presentaba ante la situación caótica del país. Por otra parte, el pueblo de Veracruz y los cadetes de la Escuela Naval realizarían la heroica defensa del puerto ante la invasión y el bombardeo de los barcos norteamericanos. Destacan por sus hazañas el teniente José Azueta y el cadete Virgilio Uribe.
Una vez concluida la revolución de 1917, el logro más indiscutible fue la promulgación de la Carta Magna de ese año, que venía a sustituir a la de 1857. Esta constitución a diferencia de la anterior, consagraba artículos de gran relevancia como el artículo tercero que establecía la educación laica y gratuita, el artículo 27 que otorga al Estado Mexicano su derecho a los recursos naturales del país, y que le permitiría más adelante efectuar la expropiación de la industria petrolera que estaba en manos de las compañías británicas y norteamericanas; el artículo 123 sobre el derecho de los trabajadores y el artículo 32 que establecía que para ingresar a la Marina de Guerra como Mercante tenía que ser su tripulación mexicanos por nacimiento. Lo que venía a solucionar un problema de larga duración ya que durante todo el siglo XIX se permitió la contratación de marinos extranjeros, situación que era un peligro constante, ya que podían levantarse contra el gobierno y con nuestros propios barcos.
Durante la década de los veinte y treinta, las fuerzas armadas en México, integradas aún en la Secretaría de Guerra, sufrirían una total reorganización con el fin de profesionalizarlas e institucionalizarlas. Para tal efecto, se creó la Escuela de Guerra y años más tarde, en 1970 el Centro de Estudios Superiores Navales.
Hacia 1939, bajo el contexto de la segunda guerra mundial, no pasó desapercibido para Estados Unidos que para poder establecer la defensa hemisférica en América, era necesario contar con México como aliado, por lo que promovió el fortalecimiento de la marina mexicana al interior de nuestro país. De tal forma, que en 1939 la Armada Nacional se separaba de la Secretaría de la Defensa Nacional para convertirse en Departamento Autónomo y un año más tarde en Secretaría de Estado. En este clima de guerra mundial, la Secretaría de Marina y la Fuerza Aérea de México apoyarían a la causa aliada.
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